SAN FERMÍN: EL ROMANO QUE LLEGÓ A SER OBISPO CRISTIANO

Cada 7 de julio, decenas de miles de personas celebran las fiestas de este santo romano que acabaría dando su vida por defender su fe.

Hay muy poca gente en España a la que no le suene San Fermín y los cantos que se le dedican cada 7 de julio en Pamplona. Lo que muchos desconocen, sin embargo, es la vida que hay detrás de la venerada estatua de la parroquia de San Lorenzo.

Fermín de Amiens nació en Pompaelo (la actual Pamplona) en el siglo III en el seno de una familia noble formada por el senador Firmo y su esposa Eugenia. Hasta la casa de estos buenos romanos politeístas llegó un día el Presbítero Honesto tras ser liberado de su cautiverio en Carcasona quien conmovió a la familia con su historia hasta el punto de convertirse en el tutor del pequeño Fermín. Gracias a él y a San Saturnino de Tolosa, la familia abandonó el politeísmo y se convirtió al cristianismo (en el lugar que hoy se conoce como pocico de San Cernín).

El joven Fermín demostró rápidamente que tenía un don para la predicación y la oración. A los 17 años ya predicaba por los alrededores y a los 24 fue consagrado Obispo. Su valía era tan alta que Honesto le envió a predicar por tierras galas, en esa época bastante convulsas. Su trabajo en las zonas de Auvernia y Anjou le valdrían más tarde para convertirse en el obispo de Amiens, en la Alta Francia.

Fue allí donde la vida de este santo quedó marcada para siempre. En Amiens y gracias a su labor, Fermín logró aumentar considerablemente la población cristiana, lo que le valió la antipatía y enemistad de las autoridades, contrarias todavía a la fe (el cristianismo no se convirtió en religión del Imperio Romano hasta el año 380, casi un siglo después de nacer San Fermín).

Tras ser encarcelado en Beauvais, fue encarcelado por el presidente Valerio y solo la muerte de este logró liberarlo, aunque por poco tiempo. Las autoridades detuvieron al obispo Fermín poco después en Amiens y le exigieron que cesara en su práctica de la fe, amenazándole con la muerte. Sin embargo, Fermín se negó a renunciar a su fe y a Dios, razón por la cual fue martirizado y decapitado un 25 de septiembre.

Su fama fue creciendo después de que en 1186 el obispo Pedro de París trajera a Pamplona desde Amiens una reliquia de la cabeza del santo. Hasta tal punto es venerado en la capital navarra que muchos olvidan que su patrón no es San Fermín, sino San Saturnino, que también predicó en la zona. Y es a San Fermín a quien, siglos después de su martirio, le siguen pidiendo los corredores del encierro para que les guíe y les de su bendición.

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