LA GENERACIÓN DE LOS 80: LOS NIÑOS DE LA CALLE

Si tienes entre treinta y muchos y cuarenta y pocos años, sigue leyendo porque este artículo te va a traer muy buenos recuerdos.

 

Te proponemos que cierres los ojos y viajes en el tiempo hasta tu infancia, a esos días en los que salías del colegio a las cinco de la tarde para llegar a casa y poner “Barrio Sésamo” mientras merendabas un sándwich de nocilla, de salchichón o una medianoche con jamón y queso.

Seguro que ya te vas situando. Comenzamos nuestro viaje en el tiempo a bordo de un Renault ranchera o un Seat 124. Y lo hacemos como se hacía hace más de treinta años con cinco personas entre niños y adultos en la parte de atrás, sin cinturón de seguridad y con algún miembro de la familia viajando en el maletero si era necesario.

Y es que en los 80, todavía no habían comenzado las campañas de tráfico en las que nos advertían de la importancia del cinturón de seguridad. Eso sí, todos recordamos el anuncio protagonizado por Steve Wonder en el que el intérprete de “Part time lover” decía aquello de “Si bebes, no conduzcas”. Si de seguridad se trata, los niños de los 80 éramos unos auténticos inconscientes. Más allá del coche en el que viajabas con tus abuelos, tus padres y tus hermanos durante más de cinco horas camino de Benidorm, te montabas en el vespino de tu hermano sin casco, ibas en bici también sin casco y a veces de paquete en la parte de atrás de la BH. En fin, ¡éramos unos intrépidos!

Porque si se nos puede calificar de una forma a los que hemos crecido en los 80, es como “niños de la calle”. Para nosotros, no había un tiempo mejor de ocio que el que pasábamos en la calle. Jugábamos a los coches, a las chapas, hacíamos carreras en el monopatín en las que siempre alguien acababa por el suelo. Y si queríamos más aventuras siempre teníamos juegos de “caza” como Liebre, Bote- Botero, el Rescate o el mítico escondite. Los más osados y abiertos a aventuras al límite, no se conformaban con eso y buscaban el peligro en “El Balón Misionero”.

No había móvil ni tabletas, y el alarde mayor de tecnología que conocíamos era el teclado Casio que nos regalaban en la Primera Comunión y el casette de dos platinas que tenían nuestros hermanos. Nos la jugábamos grabando canciones en la radio sin que saliera el locutor y caminando solos desde el colegio a casa, lo dicho todos unos intrépidos. Nuestras madres nos ponían el pijama debajo del pantalón de uniforme para que no nos picara, y el verdugo de lana era el mejor antídoto anti catarros (y anti la posibilidad de respirar también, todo hay que decirlo).

Los mejores complementos de belleza eran las pulseras de hilos de plástico multicolor planas y redondas (estas últimas para las más mañosas), los cordones de lana y los chinos de la suerte. En definitiva, éramos felices, muy felices, no sólo porque crecimos en los 80, sino porque éramos niños y no hay nada mejor que eso. Esperamos que hayas disfrutado de nuestro viaje en el tiempo y que el regreso al futuro sea tu mejor aventura.

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